
Columna de opinión | Miguel López
Fundador de Criterio Público
En Colombia, la coca no es simplemente una planta: es un indicador de abandono estatal, inequidad rural y políticas antidrogas fallidas. En 2023, el país alcanzó cifras récord en cultivos de coca, superando las 230.000 hectáreas según la ONU. Esta “producción máxima” no representa éxito agrícola, sino el reflejo de un modelo que multiplica el problema en lugar de contenerlo.
El presidente Gustavo Petro ha denunciado que la guerra contra las drogas es una guerra contra los pobres. Aunque su diagnóstico ético es acertado, su gestión operativa ha sido ambigua. Mientras se promueve la sustitución voluntaria y el desarrollo alternativo, las comunidades siguen atrapadas entre el abandono institucional y el control armado. En muchas regiones, la coca no es una elección: es la única opción viable.
Puntos críticos del modelo actual:
- Expansión sin regulación: La coca se ha extendido a nuevas zonas, incluyendo reservas ambientales, sin una respuesta estatal articulada.
- Economía bajo presión armada: Grupos ilegales imponen precios, rutas y condiciones. El Estado no compite, no protege, no regula.
- Erradicación forzada sin resultados: Las fumigaciones y operativos militares desplazan cultivos, pero no los eliminan. El daño ambiental y social supera cualquier beneficio.
- Alternativas inexistentes: Los programas de sustitución son lentos, burocráticos y mal financiados. No hay infraestructura, mercados ni garantías reales.
Culpar exclusivamente a Petro sería reduccionista. El problema es estructural y viene de décadas de incoherencia política. Sin embargo, su gobierno sí tiene responsabilidad por no haber articulado una estrategia clara, territorializada y con enfoque de derechos. La coca no se combate con discursos: se enfrenta con presencia estatal integral, inversión sostenida y respeto por las comunidades.
Colombia necesita una política de drogas que reconozca la complejidad del fenómeno. No basta con reducir hectáreas: hay que transformar las condiciones que hacen de la coca una economía funcional. La producción máxima es un espejo roto que refleja el fracaso del Estado en garantizar alternativas dignas.








