Por Redacción Criterio Público

8 de octubre de 2025

Gustavo Petro no quiere gobernar cuatro años. Quiere quedarse. Y para lograrlo, ha puesto en marcha una estrategia que combina manipulación emocional, narrativa populista y un mecanismo que ya ha sido usado por otros regímenes tóxicos: la consulta popular como antesala de una Constituyente.

El presidente ha insistido en que el “bloqueo institucional” le impide avanzar, que el Congreso no lo deja gobernar, y que el pueblo debe decidir si se cambia el modelo. Pero detrás de ese discurso se esconde una intención clara: reconfigurar el Estado para perpetuar su proyecto político. No se trata de una consulta para escuchar al pueblo, sino para blindar el poder.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde la izquierda radical, una vez en el poder, busca quedarse. Petro no es la excepción. Su propuesta de consulta popular no es una herramienta democrática, es un atajo. Un mecanismo para legitimar una Constituyente que le permita modificar la Constitución, debilitar los contrapesos y abrir la puerta a la reelección directa o indirecta.

Lo más grave es cómo se manipula a la gente. Se les dice que el sistema está roto, que los jueces son enemigos del cambio, que los medios mienten, que el Congreso sabotea. Se construye una narrativa tóxica donde todo lo que no se somete al proyecto de Petro es corrupto, y todo lo que lo apoya es “el pueblo”. Esa polarización no es accidental: es funcional al objetivo de eternizarse en el poder.

La consulta popular no es una solución. Es una trampa. Una jugada que busca disfrazar la ambición de poder con el ropaje de la participación ciudadana. Y si no se detiene a tiempo, Colombia podría seguir el camino de países donde la democracia fue usada para destruirse desde adentro.

Petro no quiere gobernar. Quiere quedarse. Y lo está dejando claro.

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