Por Redacción Criterio Público
2 de octubre de 2025

Mientras miles de cristianos son masacrados en Nigeria, el mundo guarda un silencio que ya no puede considerarse ingenuo: es cómplice. Más de 7.000 cristianos asesinados solo en lo que va de 2025, según cifras de organizaciones internacionales y medios como La Gaceta y COPE. Iglesias arrasadas, aldeas incendiadas, mujeres violadas, niños secuestrados. Y sin embargo, ni una sola condena contundente desde los sectores que se autoproclaman defensores de los derechos humanos.

Un patrón de exterminio sistemático

La violencia no es nueva, pero ha escalado con precisión quirúrgica. Boko Haram, ISWAP (Estado Islámico en África Occidental) y milicias fulani radicalizadas ejecutan incursiones nocturnas, queman templos, asesinan a fieles mientras duermen y secuestran a cientos. En junio, más de 200 cristianos fueron quemados vivos en Benue. En Navidad, Anwase vio ocho iglesias destruidas y medio centenar de fieles asesinados A B.

El 69% de todos los cristianos asesinados por motivos religiosos en el mundo este año han muerto en Nigeria A. ¿Dónde están los titulares? ¿Dónde están los hashtags? ¿Dónde está la indignación?

El silencio selectivo de la izquierda internacional

Los mismos sectores que politizan cada conflicto en Medio Oriente, que convierten el gas y el petróleo en causas humanitarias, hoy callan ante un genocidio real. No hay comunicados, no hay marchas, no hay pancartas. ¿Por qué? Porque Nigeria no encaja en la narrativa que les conviene. Porque los cristianos perseguidos no son útiles para sus causas ideológicas.

La izquierda internacional, que se desvive por denunciar la opresión cuando le sirve para atacar a Occidente, ignora deliberadamente la limpieza religiosa en África. Y ese silencio no es neutral: es ideológico, es estratégico, es inmoral.

Nigeria: petróleo, gas y geopolítica

Nigeria es la primera potencia económica de África, rica en petróleo y gas, con una población que podría superar los 400 millones en pocas décadas. Su equilibrio religioso —mitad cristianos, mitad musulmanes— la convierte en un epicentro geopolítico. Y en ese tablero, los cristianos son prescindibles. No hay presión diplomática, no hay sanciones, no hay interés.

¿Quién hablará por los que no convienen?

El padre Patrick Anthony, sacerdote nigeriano, lo dijo sin rodeos: “Vivimos un tiempo de sangre. ¿Es un crimen ser cristiano?”. La pregunta no es retórica. Es una denuncia que exige respuesta.

La comunidad internacional debe dejar de mirar hacia otro lado. Y los sectores que se arrogan la defensa de los oprimidos deben responder por su silencio. Porque cuando el genocidio no se denuncia, se perpetúa.

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