
Por Redacción Criterio Público
1 de octubre de 2025
Colombia. En un país donde más del 90% de la población se identifica como cristiana o católica, el gobierno de Gustavo Petro ha encendido una tormenta política y espiritual. La creciente presencia de símbolos islámicos en discursos, actos oficiales y representaciones institucionales ha sido interpretada por líderes religiosos, analistas y ciudadanos como una afrenta directa a las raíces espirituales de Colombia.
La crítica no es menor. Desde el uso de turbantes en actos públicos hasta la omisión sistemática de referencias cristianas en celebraciones nacionales, el mensaje parece claro: el cristianismo está siendo desplazado del discurso oficial. “Nunca habíamos visto un presidente tan alejado de la fe del pueblo”, afirma un sacerdote de Medellín. “No es diversidad, es desprecio.”
El silencio del gobierno frente a estas denuncias ha sido ensordecedor. Mientras se promueve una narrativa de inclusión religiosa, la fe mayoritaria es ignorada, invisibilizada y, en algunos casos, ridiculizada. En redes sociales, miles de colombianos han denunciado lo que consideran una “agenda islamizante” disfrazada de multiculturalismo.
La pregunta que muchos se hacen ya no es si Petro respeta la libertad religiosa, sino si está usando el poder para reconfigurar la identidad espiritual del país. Y en ese proceso, los cristianos y católicos están siendo empujados al margen.
Colombia no necesita un profeta. Necesita un presidente que represente a su gente, no que imponga símbolos ajenos a su historia.
Deja un comentario