
Redacción Criterio Público
28 de septiembre de 2025
Abuja, Nigeria — Mientras los focos internacionales se desvían hacia conflictos más mediáticos, una masacre sistemática se perpetúa en silencio: más de 50.000 cristianos han sido asesinados en Nigeria desde 2010, según cifras de la organización International Society for Civil Liberties and Rule of Law (Intersociety). Solo en lo que va de 2025, se han documentado más de 7.000 muertes. El patrón es claro, el objetivo es religioso, y la respuesta global es vergonzosamente nula.
Matanza sistemática y desplazamiento masivo
Los ataques se concentran en los estados de Benue, Plateau, Kaduna, Taraba y Níger. Las víctimas son, en su mayoría, campesinos cristianos que habitan aldeas rurales. Las incursiones suelen ocurrir de madrugada: grupos armados rodean las comunidades, asesinan con machetes y armas de fuego, incendian viviendas y obligan a los sobrevivientes a huir.
En los primeros ocho meses de 2025, se documentaron 7.087 asesinatos y 7.800 secuestros por motivos religiosos. La media equivale a más de 30 muertes diarias. Las cifras no solo revelan una crisis humanitaria, sino una estrategia de limpieza religiosa que vacía territorios, destruye parroquias y rompe familias.
¿Quiénes perpetran los ataques?
Los principales responsables son milicias yihadistas vinculadas a pastores fulani radicalizados y a la Alianza para la Yihad en Nigeria, activa desde 2020. Según Open Doors, Nigeria encabeza la lista de países más peligrosos para los cristianos, concentrando más del 80 % de los asesinatos religiosos registrados en el mundo en 2023.
Además de los asesinatos, se reportan conversiones forzadas, matrimonios obligados, violencia sexual y desplazamientos masivos. La presencia de al menos 22 grupos terroristas islámicos en el país ha convertido vastas regiones en zonas de guerra no declarada.
El silencio internacional
A pesar de la magnitud del horror, las potencias occidentales han evitado pronunciamientos contundentes. Organizaciones como Intersociety exigen que Estados Unidos, la Unión Europea, Reino Unido y Canadá declaren a Nigeria como “entidad de especial preocupación” en materia de libertad religiosa. También se pide vetar el financiamiento y los viajes de quienes amparan o financian a los perpetradores.
La omisión diplomática y mediática no solo perpetúa la impunidad, sino que contradice los principios fundamentales de defensa de los derechos humanos. Callar ante esta masacre es traicionar a los mártires de hoy.
¿Y ahora qué?
La Iglesia local, las ONG humanitarias y los líderes comunitarios continúan denunciando, documentando y resistiendo. Pero sin presión internacional, sin sanciones, sin visibilidad, el genocidio seguirá su curso. La pregunta no es si el mundo puede detenerlo. La pregunta es por qué no quiere hacerlo.
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