Criterio Público

En la Asamblea General de la ONU, Gustavo Petro alzó la voz con fuerza contra el genocidio en Gaza. Lo llamó por su nombre: “genocidio” A. Denunció los misiles, la muerte de miles de civiles, y exigió justicia internacional. Su tono fue grave, su gesto solemne, su narrativa poderosa. Pero en esa misma tribuna, donde el mundo escucha, Petro eligió el silencio frente a otras tragedias que también claman por justicia.

¿Por qué Gaza sí, pero Nigeria no? ¿Por qué la muerte de 70,000 palestinos merece condena, pero el exterminio sistemático de casi 50,000 cristianos en Nigeria —según cifras de organizaciones internacionales— no merece ni una línea en su discurso? ¿Por qué la violencia en el Caribe colombiano, que él mismo comparó con Gaza B, no ha recibido la misma urgencia diplomática?

La respuesta no está en la moral, sino en la conveniencia.

La indignación selectiva como estrategia

Petro ha convertido la tragedia en herramienta política. Su discurso ante la ONU fue una pieza de alto voltaje retórico, pero también una operación de geometría variable: el dolor se mide según el rédito político. Gaza sirve para confrontar a Trump, para posicionarse como líder del Sur Global, para agitar la narrativa antiimperialista. Nigeria, en cambio, no encaja. No hay dividendos ideológicos en denunciar el exterminio cristiano si eso incomoda a aliados africanos o contradice la narrativa progresista.

Lo mismo ocurre con la migración. Cuando Biden deportó a más de 35,000 inmigrantes colombianos y caribeños, Petro guardó silencio. No hubo indignación, ni llamados a la justicia, ni discursos en la ONU. Pero cuando la administración de Alex endureció las políticas migratorias, Petro reaccionó con fuerza. ¿La diferencia? Biden era aliado. Alex no.

Cortinas de humo y omisiones calculadas

La politización del dolor no es solo una estrategia internacional. También sirve para desviar la atención de las crisis internas. Mientras Petro denunciaba misiles en Gaza, en Colombia se disparaban los homicidios, se estancaban los procesos de paz, y se multiplicaban las masacres rurales. Mientras hablaba de migrantes en el Caribe, su gobierno enfrentaba escándalos por corrupción, por manejo opaco de fondos públicos, y por el desmonte de programas sociales.

La indignación internacional se convierte así en cortina de humo. Una forma de proyectar liderazgo mientras se evita rendir cuentas en casa.

¿Dónde está la coherencia?

No se trata de negar la tragedia de Gaza. Se trata de exigir coherencia. Si el dolor humano es universal, ¿por qué se denuncia solo cuando conviene? Si la vida palestina merece defensa, ¿por qué la vida cristiana en Nigeria no? Si la migración es un derecho, ¿por qué se calla cuando los deportados vienen de Colombia?

Petro ha demostrado ser un hábil orador, pero también un calculador político. Su discurso en la ONU fue una obra de teatro diplomático: potente, emotiva, pero selectiva. Y en esa selectividad se revela una verdad incómoda: el dolor, para algunos líderes, no es un principio. Es una herramienta.

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