Criterio Público

La dignidad no se declama en otro país mientras el propio se desangra. Esta semana, Colombia presenció un acto que no solo revela incoherencia política, sino una profunda traición simbólica: tras la cancelación de su visa estadounidense, una figura pública decidió viajar al extranjero para encabezar protestas y pronunciar discursos sobre “dignidad”. Todo esto mientras el país vive una de sus peores crisis de seguridad en años.

La retirada de la visa no fue un trámite menor. Fue una advertencia internacional sobre el deterioro ético de quien pretende representar al pueblo pero no responde por él. Y en lugar de enfrentar la realidad nacional, se optó por el escapismo diplomático: cambiar de escenario, buscar micrófonos indulgentes, y seguir construyendo una narrativa de víctima que ya no convence.

Mientras tanto, Colombia duele. Los homicidios aumentan, las extorsiones se multiplican, y el miedo se instala en cada esquina. ¿Dónde está el liderazgo que prometió transformación? ¿Dónde está la presencia política que juró no abandonar al pueblo?

Hablar de dignidad en otro idioma mientras se evade la responsabilidad en casa es una vergüenza. Es convertir la política en espectáculo, la protesta en performance, y la representación en simulacro. Colombia no necesita mártires de aeropuerto ni discursos en exilio. Necesita presencia, coherencia y coraje.

Porque la dignidad, si es real, se ejerce en el lugar del dolor. No se grita desde lejos. Se encarna aquí, donde el pueblo espera respuestas.

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