Redacción Criterio Público

En un momento en que la derecha colombiana necesita cohesión, estrategia y visión de país, Vicky Dávila —periodista y precandidata presidencial— ha optado por una ruta que muchos consideran contraproducente: atacar con insistencia a Abelardo De La Espriella, otro aspirante del mismo espectro ideológico. Lo que podría haber sido un debate de ideas se ha convertido en una campaña de descalificaciones que amenaza con fracturar el bloque conservador.

¿Periodismo o pugilato político?

Dávila, reconocida por su trayectoria en medios, ha trasladado su estilo incisivo al terreno electoral. Pero en lugar de usarlo para confrontar al gobierno de Gustavo Petro o para articular propuestas, lo ha dirigido contra De La Espriella, acusándolo de ostentación, vínculos cuestionables y falta de ética.

Aunque el escrutinio entre candidatos es legítimo, el tono de Dávila —más cercano al regaño que al argumento— ha generado incomodidad incluso entre sus simpatizantes. ¿Es esta la forma en que se construye una alternativa seria? ¿O estamos ante una estrategia que prioriza el protagonismo personal sobre el proyecto colectivo?

El dilema ético: ¿quién pone las reglas?

Dávila ha insistido en que “no se puede gobernar sin ética”, una afirmación que, aunque válida, parece aplicada de forma selectiva. Al rechazar cualquier alianza con De La Espriella, no por diferencias programáticas sino por juicios personales, la periodista se erige como árbitro moral de la derecha. Pero ¿quién decide qué es ético y qué no? ¿Y qué pasa cuando esa vara se usa para excluir, no para construir?

El costo de la división

Mientras la izquierda se reorganiza y el centro busca reposicionarse, la derecha corre el riesgo de autodestruirse por vanidad interna. Los ataques de Dávila no solo debilitan a un competidor, sino que erosionan la credibilidad del bloque conservador. En lugar de sumar, restan. En lugar de elevar el debate, lo empobrecen.

La ciudadanía espera propuestas, no peleas. Espera liderazgo, no egos. Y si la derecha no logra articular una narrativa común, será difícil que convenza a un electorado cada vez más escéptico.

¿Hay salida?

Sí, pero requiere madurez política. Dávila tiene el derecho de cuestionar, pero también la responsabilidad de construir. Si su objetivo es dignificar la política, debe empezar por dignificar el debate. Y eso implica reconocer que la unidad no se logra con exclusiones, sino con acuerdos.

La derecha no necesita una inquisidora. Necesita una estratega.

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