
Este fin de semana, Colombia perdió a uno de sus hijos más comprometidos con la transformación del país. Miguel Uribe Turbay, abogado, político y servidor público, falleció dejando tras de sí una trayectoria marcada por la convicción, el trabajo incansable y una fe profunda en el poder de las instituciones para cambiar vidas.
Heredero de una historia familiar atravesada por el dolor y la política, Miguel Uribe no se conformó con ocupar un lugar en la esfera pública por tradición. Lo hizo por vocación. Desde sus primeros pasos como concejal de Bogotá, hasta su papel como senador y líder de opinión, Uribe Turbay se destacó por su defensa de la democracia, la legalidad y la lucha contra la corrupción. Su discurso no era solo técnico: era profundamente ético.
Una vida dedicada al servicio
Miguel Uribe se formó como abogado en la Universidad de los Andes y complementó sus estudios en Harvard y Georgetown, pero su mayor escuela fue el país que recorrió, escuchó y defendió. Como Secretario de Gobierno de Bogotá, impulsó políticas de seguridad ciudadana, fortalecimiento institucional y diálogo social. En el Senado, se convirtió en una voz firme frente a los abusos del poder, y en un puente entre sectores que rara vez se escuchan.
Su estilo era directo, pero nunca agresivo. Su visión de país combinaba modernización con justicia social, y su defensa de la libertad siempre estuvo acompañada por una preocupación genuina por los más vulnerables.
Más allá de la política
Miguel Uribe también fue esposo, padre, amigo. Quienes lo conocieron destacan su generosidad, su capacidad de escucha y su sensibilidad frente al sufrimiento ajeno. En medio de un clima político cada vez más polarizado, él apostó por el diálogo, por la construcción de consensos y por una Colombia que no se rinda ante el cinismo.
Su muerte deja un vacío en el debate público, pero también una responsabilidad para quienes creemos que la política puede ser una herramienta de transformación. Miguel Uribe Turbay no fue perfecto, pero fue profundamente humano. Y eso, en tiempos como estos, es revolucionario.
Hoy lo recordamos no solo por sus cargos, sino por su causa: la de un país más justo, más transparente, más digno. Que su memoria nos inspire a seguir construyendo, denunciando, soñando. Que su ejemplo nos recuerde que la política no es solo poder, sino servicio.
Desde Criterio Público, enviamos nuestras condolencias a su familia, amigos y colegas. Y reafirmamos nuestro compromiso con el tipo de país que Miguel Uribe soñó: uno donde la verdad, la justicia y la esperanza no sean excepciones, sino norma.
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